Era una humanidad que sin demora ni premura se iba entregando; lluvia sin torrente que lava eso que el sol en exceso dejó en su mundo. Fue sonrisa que entornó boca y ojos y regaló 2 o 3 esperanzas, las suficientes para construir un futuro y no sentir ganas del no rotundo. Y ese futuro no duraría más que una noche y un alba. No habló locuras ni incoherencias, era puras ganas de estar bien y saber estar mejor. Y la risa volvía, una y otra vez, risa cristalina y rítmica plena de simpleza. Qué placer en la compañía, nadie arrebató la palabra porque los momentos compartidos se conviertieron en una eternidad de un día, donde uno se regalaba y el otro se daba. Era la noche de la paz y el ardor y sabían que el futuro era una promesa cumplida porque la noche terminaba.
Y la noche se derramó en espasmos y con la luz vino el regreso al otro mundo, el de la amarga entrega a todos los demás... y levantó sus ganas y sus estremecimientos y no volvió el rostro, no dijo adios, se alejó y cuando estuvo del todo lejos, murmuró un gracias y un hasta la próxima.
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